Hace unos diez años, encerrado entre estudiantes de periodismo y volcado ligeramente hacia el tenis, creí haberme encontrado con la madre de todas las dicotomías deportivas. Me refiero a la división entre los hinchas de Gastón Gaudio (a partir de ahora, gaudistas) y los fanáticos de Guillermo Coria (coristas, lógicamente).
Para encolumnarse detrás de una u otra corriente, no bastaba con apoyar una idea de juego. La identificación tenía que ver con una estética y hasta con un estilo de vida. Gaudio, descontracturado, algo canchero, talentoso y volátil, agrupaba a los bohemios y a los cazadores de fantasías. Coria, comprometido, laburante, exigente, con mentalidad de campeón, reclutaba a los pragmáticos. Los coristas eran ganadores naturales y recriminaban a los gaudistas: “perdedores”, les decían. La verdad, los gaudistas lo llevaban con cierto orgullo.
La actitud de los tenistas implicados acentuaba las distancias: su manera de vestir, de hablar, de comportarse fuera de la cancha, todo los iba separando. Para colmo, se llevaban mal. La línea que separaba a los partidarios era tan clara, tan precisa, que discutirla resultaba prácticamente absurdo. La antinomia llegó a su pico en la final de Roland Garros 2004, un partido que trascendía ese momento y que, en retrospectiva, parece definir la carrera de ambos jugadores. Irónicamente, acaso, ganaron los perdedores para condimentar una revuelta de algo que ya no volvería a ser tan claro.
Los bandos se mantuvieron, claro, pero el declive progresivo de los dos héroes de entonces hizo que se apagara aquel fogonazo. Desde ese momento hasta hoy no había existido una rivalidad que despertara ese tamaño de pasiones.
Sin embargo, algunos acontecimientos recientes, futboleros y de Selección, revelaron un nuevo par de grupo partidarios cuya diferencia es tan sutil y tan magnífica que invita a estirarla al resto de los ámbitos de la vida. Se trata, nada menos, del os hombres que sostienen a muerte una pasión inagotable por Lionel Messi, y de aquellos otros que adoran hasta el cansancio a Carlos Tevez. Se trata del os messistas y los tevistas.
Términos y condiciones
Algunas diferencias entre Messi y Tevez son evidentes. La cicatriz, Fuerte Apache, All Boys y La Boca identifican la infancia de un guapo criado entre codazos en los potreros: “el jugador del pueblo”. La Masía, Cataluña y un cóctel para las hormonas del crecimiento parecen definir mejor que Rosario, Newell´s o Grandoli la experiencia científica para lograr que no se desperdicie un genio: “el mejor futbolista del mundo”.
Uno es extrovertido, canta cumbia y sale en los diarios con la chiquita de Patito Feo. El otro, tímido, se clava los auriculares del iPod mientras mantiene cierta reserva en su vida privada. Uno confronta con delcaraciones picantes, el otro elige frases de ocasión. Uno jura que nunca dejaría su club, el otro pasa al clásico rival sin ponerse colorado.
Uno rinde como individualidad, desde el propio desorden que genera en las defensas. El otro se acopla como elemento de mayor valor en el juego ordenado de un conjunto superador.
También parece claro que les cuesta complementarse futbolísticamente cuando comparten la cancha. Excepto en el buen amistoso ante España, Tevez siempre pareció incomodar a Messi. La sensación general es que es roban espacios mutuamente, que chocan más de lo que se asocian y que se entienden poco. Es lógico, porque entienden el juego (y la vida) de maneras distintas. Y esa noción alimenta la tentación de confrontarlos.
Es necesario aclarar que no existe una pelea,una confrontación real ni nada por el estilo entre estos dos jugadores. Lo mejor de cada uno es la estela que dejan en un ámbito social que los idolatra: la diferencia entre ellos no parece ser tan insalvable como la que existe entre sus seguidores. Sin embargo, allí están, cada uno con un séquito a rastra. Los dos despertando idolatrías dispares. Uno por carisma y empuje y gol. El otro por su zurda maravillosa.
La noción de estos dos bandos divergentes se la debemos al cachetazo reciente de Sergio Batista en una convocatoria a la Selección. Para jugar con Portugal, Tevez quedó marginado a pesar de un presente goleador de alto nivel en el Manchester City: ahí está, evidencia. Si uno mira un poquito para atrás, vera que Carlitos tampoco apareció ne el duelo con Brasil. ¿Por qué? Simple: en la cabeza del cuerpo técnico argentina hay un hombre fanático del Barça, admirador de España, cultor del toque, que hace primar al conjunto y que ama la genialidad sin esfuerzo. El Checho, señores, es un mesista por exelencia.
Del otro lado se para alguien como Maradona. Sí, claro. Para Diego, Tevez era titular, incluso cuando todas las evidencias señalaban otros planes. El diez: un hombre sanguíneo, popular, que cree en el peso individual y en el genio luchador, en las agallas, en el temple, en el liderazgo y en el carisma. Un hombre que profesa el culto a lo revulsivo. Diego es, quizás, el tevista máximo. Pero durante su época de DT en Argentina nunca lo pudo confesar. Lo dejó entrever, y con eso se ganó a parte del pueblo. Pero debió ser messista para ganarse a una mayoría y a un establishment inclinados hacia ese lugar.
Dos hombres, dos estilos
A partir de allí, uno puede entender mucho mejor quién estará de cada lado. Es casi obvio que Guardiola es messista, pero quizá no esté tan claro que Mourinho es tevista. Arsene Wenger, por ejemplo, debe ser messita. También Van Gaal, Cappa y el Flaco Menotti. En cambio, Queiroz, Scolari, Capello, Ancelotti y hasta Carlos Bianchi tienen toda la pinta de ser tevistas.
Entre los futbolistas esto también corre la distinción. Dentro de la misma delantera, por ejemplo, el Burrito Martinez debe ser messista mientras Santiago Silva de lejos, parece tevista. David Ramírez tiene estampa de messista, como Lamela, erviti, Valeri o Menseguez. En cambio, Camoranesi, Pavone y Verón son tevistas. Estudiantes, en general es un equipo muy tevista, y diría que Boca también. Independiente es históricamente messista. Y no es sólo una cuestión de practicidad o estética. explicarlo mejor resulta complicado. Los extremistas de uno y otro lado suelen generar su empatía con los dos modelos a partir del éxito. Está claro que ambos, Messi y Tevez, son efectivos y encuentran la génesis del fanatismo al encarnar un cierto costado de lujo.
Además, es un error quedarse en el fútbol para evaluar el messismo y el tevismo. Incluso es un error reducirlo a un interés por Messi o por Tevez. La característica intrínseca trasciende con creces a los jugadores. Digo, por ejemplo, un hombre que le compra flores a su mujer y la lleva a pasear en el descapotable es tevista, más allá de sus filiaciones deportivas. El messista prefiere pedir comida, quedarse en casa y mirar una película. El tevista hace un asado para veinte (y probablemente invita él), y el messista cocina con receta para un reducido grupo de amigos cercanos. El messista toma vino, el tevista, cerveza. El tevista va al telo, el messista se siente más cómodo en su departamento.
Hay profesiones tevistas, como la actuación, el management y la especialización en cirugía de medicina; y otras messistas, como la ingeniería electrónica, la carpintería o el traductorado de una lengua muerta. Hay políticos tevistas y messistas. Películas messistas y tevistas. Canciones, programas de TV, ciudades … Las categorías son infinitas.
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La realidad es que es imposible ser un messista o un tevista puro. Uno puede reconocer aspectos de ambos estilos en diferentes aspectos de su existencia. No podría explicar por qué. Es un convencimiento finísimo. Me interesa muy poco, porque ahí reside lo mejor. Los invito a seguir categorizando desde esta subjetividad sin pruebas.
Pablo Cheb Terrab
(Revista “Un caño”)