Vivir muriendo


Cientos de años reunidos en una sala. Ancianos que viven para morir. Ya alejados de su familia y sus seres queridos, sólo se encuentran envueltos en un limbo entre la vida y la muerte. Pasan sus últimos días rodeados de conocidos que nunca conocieron. Sonríen con sus dentaduras postizas. Desenredan los anteojos que tienen colgados para poder acomodarse los que usan para leer.

Muchos sólo tienen recuerdos de sus hijos, quienes los depositaron en aquel hogar de ancianos como si fuesen un paquete y desde allí no volvieron a aparecer. Osvaldo ingresó al geriátrico hace dos años y tres meses. Con el pelo blanco y los dedos como cuando un joven mantiene sus manos bajo el agua por varios minutos, es uno de los pocos que intenta mantenerse activo. Aún puede caminar y pasea interactuando con quien se cruza en su trayecto. Las enfermeras son como esas señoritas que atraía cuando era joven, se divierte y sonríen. Le permite ocupar un vacío que dejaron sus dos hijos, quienes no cruzaron más la entrada del nuevo hogar de su padre. Mira el lado positivo y exclama: “Al menos no se olvidan de depositar el pago de cada mes”.

Mientras tanto, almuerza carne con papas. Mira el reloj y pregunta a las enfermeras qué va a haber para merendar. Todavía camina y hace chistes con quienes se trasladan en sus sillas de ruedas. Se acerca a una mesa y juega a las cartas junto a tres compañeros. La TV está encendida pero nadie le presta atención, sólo sigue ahí para hacer un poco de ruido. Se deja de escuchar cuando Olga, una de las amigas más cercanas a Osvaldo, llama a los gritos para que la vengan a atender y en ese momento aparece el murmullo de todos por la molestia ocasionada. Se sienten en soledad, alejados del mundo que los vio crecer. Pero aún regalan algunas sonrisas.

Las enfermeras rotan y ayudan a los pacientes todo el tiempo para ir al baño o realizar alguna actividad en particular. Fernanda trabaja hace dos años en el hogar y cree que “la razón que nos permite hacer más llevadero nuestro trabajo es llenarnos los corazones con el cariño de quienes tenemos que cuidar”. Luego de seis horas atendiéndolos, llega el fin de su turno. Se encuentra despeinada, con su vestimenta desprolija, atareada por su trabajo. Si bien las personas a quien debe cuidar tienen pañales y son bañados, no es tan sencillo como cuando lo debía hacer con sus hijos recién nacidos. Aquí se quejan y sienten dolor. Pero detrás de cada queja, las asistentes aparecen con un chiste y una sonrisa, para alegrarlos y dejar de hacer sufrir. Las muestras de cariño de los “viejitos” vienen más llegada la noche, cuando brilla más la soledad. Osvaldo llena de piropos a la enfermera que viene a despedirlo y cierra la conversación con un tímido beso en la mejilla.

Las asistentes trabajan con mayores, personas que podrían ser sus padres. Ven como entra alguien nuevo y como un tiempo más tarde se va. La mayoría regresa con sus familias, pero la vieja familia, la que los estaba esperando en el más allá.

Santiago Severo
(31/05/2012)

Ancianos

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